Varias veces el balón pasó en medio de las piernas de 10 años. Varias veces Daniel corrió con el Golty amarillo por la calle larga hasta imitar con zancadas de niño lo que las piernas largas de Rincón, el jugador de la Selección Colombia en Italia 90, le había hecho minutos antes a los alemanes cuando ya no había esperanza de ganar.
Daniel abrió grande la boca como el negro Rincón y empuñó sus manos como si fuera él quien celebrara la derrota del arco de Bodo Illgner. Su boca también le achicó los ojos y su camisa roja de la buena suerte para el fútbol, parecida a la que tenía el negro, se abrazó al pecho de quien derrotaba una y otra vez las piernas de Manuel.
Sus amigos cantaron el gol varias veces y Manuel en cada intento trató de abrir las piernas lo más parecido al arquero derrotado. Tenía fresquito el recuerdo, la cara del monito que no creía cómo ese balón ponía de tú a tú al equipo europeo con el sudamericano. ¡Qué algarabía! En el barrio todos salieron de sus casas y los radios de los vecinos cantaron varias veces el gol desde Italia, los carros pasaron con gente sonriendo, llamando la atención y por primera vez, después de la cirugía de corazón, la abuela de Daniel salió al balcón con tanque de oxígeno a bordo para recibir la vida del barrio.
Dos niños abrazados por banderas amarillas, azules y rojas y quienes después de saltar y celebrar los goles que Daniel le seguía haciendo a las piernas de Manuel, buscaron la pelota para hacer lo mismo, pero al intentarlo, el Golty se perdió entre las piernas de Daniel. Gambeteó a uno, al otro, hasta detenerse en seco después de amagar una media volea.
- ¡Quítenmela pues!
Fue absurdo, el negro Rincón era Daniel y ese gol nadie se lo quitaba. Sólo entre varios, y minutos después de sudar, lo encerraron y en medio de risas Daniel se rindió, cedió y en el piso propuso que se armara un picadito espontáneo.
- Dos aquí, dos allá, pongan las piedras a cinco pasos y nos vamos a tres goles.
Sin pito y entre nubes de maicena inició el partido, las gambetas y la euforia. Había una técnica inocente de barrio, de ganas por concretar todo de la misma manera que lo hacían los profesionales. Todos querían que su gol pasara entre las piernas, que pendiera de un hilo y con la ayuda del tiempo y los toques lindos sirviera para ganar.
Pasaron cinco minutos cuando Cristina volteó en la esquina. A su lado izquierdo “Cucaracho”, a su derecha “Calor”, ella en el centro, con sus piernas largas y firmes, su cola bien parada y esos ojos negros, esa mirada atenta a los toques, a los pases, a ese gol que celebró Daniel en ese instante como si estuviera en el Giuseppe Meazza de Milán.
- ¡Viene Cristina! gritó Manuel.
Pronunciado el nombre, las miradas se fijaron sin disimulo donde ella. Los corazones se agitaron, el miedo de verla tan cerca les estremeció el estómago, las piernas y las manos.
- ¡Manuel, el balón! gritó Daniel.
Cristina se fue acercando hacia los muchachos. Atrás “Cucaracho” y “ Calor” quienes se quedaron viendo cómo paraba el trasero mientras “Calor” sacaba de sus bolsillos el encendedor para prender el cigarro que manipulaba entre labios y con destreza pasaba de un lugar a otro.
Cristina los ponía nerviosos. Cristina olía todos los partidos. Cristina estropeaba el juego, los amenazaba. Cristina... era imposible no verla cuando al correr dejaba su boca abierta y buscaba el balón como si fuera un conejo.
Juan, frente a la perplejidad de sus amigos, cogió el balón segundos antes de que Cristina abriera la boca para destrozar con sus colmillos grandes de pitbull la pelota amarilla, la mundialista, la que tal vez se soñó Rincón cuando jugaba en las calles de Buenaventura.
La perra dio un salto para robársela a Juan. Éste dio media vuelta y le hizo el quite al salto de la perra y gritando ¡Manueeeeel! se la pasó alta para que Cristina no la atrapara fácil. La perra cayó y miró a Juan con las manos vacías, dio media vuelta y de nuevo tomó impulsó para atacar a quien minutos antes había sido un arquero vencido. Sus garras rastrillaron el pavimento y sus babas fueron a parar sobre las piernas de Juan que hizo fuerza en su boca para que Manuel lo atrapara. Dejar caer el balón en ese instante implicaba suspender el partido no sólo por ese día sino hasta que llegara la reposición que no era fácil y más en esa época cuando recién habían cumplido años Daniel y Juan, y Manuel y Jorge estaban a más de cuatro meses de cumplir los 11.
Manuel la atrapó. Vio a la perra de frente como un delantero decidido no sólo a robarle el balón sino a hacerle daño en un juego donde la posibilidad de la roja o de un pitazo para suspender la jugada era imposible. Manuel tenía segundos para definir la jugada.
“Calor” y “Cucaracho” se pasaban tranquilos el cigarro, no llevaban afán, no les importaba la intromisión de su perra en el juego de niños. En el barrio nadie se metía con ellos, nadie se metía con sus vicios ni con sus manías. El collar de Cristina rozó la calle. Ambos empezaron a caminar con lentitud desde la esquina.
- Manuel acá, - pidió el balón Jorge con su bandera de Colombia.
Pase firme, seguro, inmediato. Lo recibió en sus manos y la bandera se fue al piso. El juego debía definirse tirando la pelota al único balcón del barrio. Jorge lo miró y cuando intentó tirarlo, definir la jugada, vio que no era posible porque la abuelita de Daniel estaba en el balcón con su tanque de oxígeno, recibiendo la tarde, viendo la algarabía. Un pase en esas circunstancias la podía dejar por fuera, en coma, era una falta literal, de muerte.
El primer balón que dañó esa perra en La Esmeralda tenía olor a fresa y fue a unas niñas que jugaban stop. No hubo oposición, el pitbull era nuevo y nadie sabía que toda esfera en movimiento era atracción para esta especie. El último daño había sido la semana pasada cuando los niños de la otra cuadra estrenaban balón. Nadie se metía con Cristina. Alguna vez un niño cogió un palo para defender su regalo de cumpleaños y cuando agudizó su puntería para pegarle en la espalda escuchó desde la esquina:
- Ni se te ocurra mariquita, ni se te ocurra, tirá ese palo.
Y así fue, después de eso se regó la bola por todo el barrio que Cristina era intocable, que la única forma de salvar los balones, las pelotas, las esferas, era gambeteando. Cristina estaba invicta.
Jorge buscó a otro de sus compañeros inmediatamente. Los miró a los tres y entre ellos, entre los seis ojos puestos sobre Cristina y dada la distancia, no vio una buena posibilidad para hacer el pase; creyó, entonces, que podría definir el juego, arriesgarse, cantar la victoria sobre el animal y lo lanzó al techo de la casa de Manuel.
Por un segundo todos respiraron hondo, tranquilos, confiados de que el Golty estaba a salvo, de que pronto, una de esas piedras que abundaban en el techo detendría el balón hasta dejar con la boca abierta a Cristina. El balón rebotó poco y se encarriló por el canal que más piedras tenía. Con poco impulso sobrepasó la primera, la segunda, hasta detenerse en la tercera un poco antes de empezar su recorrido final por el alero. A salvo, se escucharon los gritos de los niños. Perdida, Cristina agachó su cabeza como si aceptara su derrota. Cerca, “Calor” lanzó una piedra que hizo que el balón se desprendiera del techo. En el aire, Daniel y Cristina disputaron la pelota. En el acto, Cristina recibió en su hocico lo que los niños defendieron como los alemanes pero esta vez no hubo empate, ellos perdieron.
“Cucaracho” y “Calor” no dijeron nada. Pasaron por la mitad de la calle, por la mitad de la tristeza de los que perdieron en el último minuto lo que tanto querían. En la esquina, los dos se voltearon, “Cucaracho” silbó dos veces y al instante Cristina, que no dejaba de tirar de un lado para el otro el Golty amarillo sin aire, miró a sus dueños, a sus únicos dueños y con la ilusión de los niños aprisionada en su mandíbula obedeció al galope.
Días después, Colombia quedó eliminada del mundial. Días después a Cristina le dieron un tiro en la boca en un barrio donde los papás de los niños no se quedaban callados. Días después “Cucaracho” y “Calor” fueron detenidos cuando intentaron robar un colectivo. Estuvieron en la cárcel hasta el mundial de USA 94; para entonces, ya el fútbol no nos interesaba tanto como aquella tarde.
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