Marcos era un pequeño niño de un barrio marginado de Medellín, aparentemente era como todos los demás, pero en el fondo había algo que lo hacía especial.
Durante su niñez vivió alegremente bajo la pasión del fútbol popular. Se crió jugando todos los días el picaíto de la cuadra. Era difícil jugar con chicos de mayor edad que él, pues eran muy fuertes y casi siempre terminaba aporreado y raspado por las caídas. Sin embargo, conforme pasaban los años, Marcos se hacía más hábil con la pelota. Poco a poco mejoraba su regate, eran más precisos sus pases y más fuertes sus disparos, aunque esto no se notara en el diario vivir de su infancia.
Lo que más deseaba Marcos era comprarse un baloncito nuevo que había visto exhibido en una vitrina de un centro comercial. Pero su triste realidad era que nunca podría conseguir ese balón. Costaba 60.000 pesos. ¿Donde conseguiría el dinero para adquirirlo?, si su padre era tan sólo un obrero de construcción y su madre ama de casa. Simplemente era un deseo inalcanzable.
De todas formas sucedió algo inesperado… una mañana común y corriente, llegó Marcos a su partidito de la tarde, y se encontró que sus amigos estaban discutiendo alegremente un poco agitados; Se acercó y preguntó porqué tanta conmoción. –Carlos, Andrés, Esteban y Pablo propusieron que jugáramos un desafío pero apostando plata- le contestó un amigo.
- ¿Apostando?- exclamó sorprendido Marcos. – Si, dicen que juguemos 6 contra 6, y que cada uno apueste cinco mil pesos- aclaró el muchacho.
Marcos inmediatamente hizo cuentas en la cabeza –seis mil pesos por persona!, serían sesenta mil en total… Exactamente lo que necesito!- nada podía describir la alegría que sintió al contemplar la posibilidad de que su mas grande anhelo podía cumplirse.
Pero de inmediato, volvieron a arrebatarle la ilusión, su amigo le aclaró que sólo podían jugar los chicos grandes. Por desgracia, Marcos sólo tenía 9 años, mientras que los demás estaban entre los 11 y los 13 años. Resignado fue y se sentó en el murito junto con sus otros amigos a ver cómo se disputaban la apuesta.
Su ánimo quedó por el piso, no había consuelo para tal desilusión.
El partido comenzó, El grupo de Carlos iba ganando, la manera en que llevaban la ventaja era inminente, su equipo jugaba muy bien, estaban conectados, sus pases eran exactos y sus disparos al arco no fallaban. De pronto, en medio del partido, pararon por un instante el juego, y levantaron a Damián que estaba lastimado en la rodilla. Un cargazo de un jugador rival lo había hecho revolcarse por el piso.
En ese momento vieron que Damián no podía seguir jugando. Así que Andrés, siendo el más grande del grupo, sugirió que entrara a jugar alguno de los chiquitos.
Los ojos de Marcos se iluminaron, se paró de inmediato y exclamó –Yo!, yo!, quiero jugar! ¿Puedo?-. Andrés no lo pensó dos veces. De los niños chiquitos Marcos era el que jugaba mejorcito.
Se puso de pié y entró corriendo a la cancha de cemento donde lucharía por el dinero para comprar su balón.
Carlos, el capitán del equipo rival se acercó riendo a carcajadas y en tono burlón le dijo a Andrés -¿Vas a meter a Marcos?, estás loco?, si Damián era el que mejor jugaba de tu equipo!, cómo lo vas a reemplazar con un chiquillo débil!?- Marcos dirigió una rápida mirada de preocupación a Andrés, temiendo que lo fuera a sacar. Pero el chico ignoró el comentario de Carlos y le dijo a Marcos que entrara a jugar.
Pero había un problema… Marcos debía poner los 5.000 pesos de la apuesta para poder jugar.
Así que Marcos no tuvo más opción que pedirle a sus amigos que lo esperaran un momento mientras iba a su casa a pedirle la plata a su papá. lo dejaron ir, diciendo que se apurara.
Marcos corrió loma arriba lo más veloz que pudo y entró agitado en su casa. – Papá, Papá…. Necesito cinco mil pesos!, ahora!-. Su padre, un poco extrañado le pregunto para qué. – Los necesito para jugar un partido de fútbol!, estamos apostando!, y necesito el dinero para poder jugar!-. La primera reacción de su padre fue de asombro, y luego, con una expresión seria le dijo: - Marcos!, sabes la situación tan difícil en la que vivimos!, apenas el dinero me alcanza para traer el alimento a la casa!, ¿cómo puedes pedirme que te dé 5.000 pesos para un partido de fútbol?- Marcos comprendió que nada podía hacer, y salió de la casa triste y furioso, con ganas de llorar. Tiró la puerta, avanzó unos pasos y mirando al cielo exclamó –Porque tengo que ser pobre, Dios mío?!, acaso no puedo tener las cosas que tanto quiero?!, acaso tu no me amas?!- Y dejando escapar una lágrima corrió loma abajo para irse lejos a otro lugar anhelando estar solo.
Cuando había recorrido dos cuadras tropezó con una piedra y calló de frente al piso. Estando tirado dio un puñetazo al suelo y se mordió los labios mientras pensaba en lo demálas que era. Cuando de repente levantó un poco la mirada y vio al frente suyo un billete de 5.000 pesos. Al comienzo no lo podía creer, miró a todos lados y no había ninguna persona cerca. – Es imposible!, antes de tropezarme el billete no estaba ahí!, estoy seguro!. ¿se le habrá caído a alguien?, ¿pero entonces, porque no hay nadie cerca?- Aún no salía de su asombro cuando levantó la cabeza al cielo y se preguntó. –Será posible?... tu lo pusiste en mi camino?- Sin obtener respuesta alguna dibujó una sonrisa en su rostro, se limpió las lágrimas, pegó un salto de alegría, y corrió como nunca mientras pensaba –Gracias señor, en verdad muchas gracias!-.
Cuando llegó ya todos estaban impacientes. Entró rápidamente al centro de la cancha y se amarró muy bien los viejos tenis que traía. Se puso de pie y se dijo a si mismo –Dios, tu me diste la oportunidad de jugar este partido, por eso daré lo mejor de mi y ganaré este desafío en tu nombre…. Te lo ofrezco con todo mi corazón-.
Ya estaba a punto de continuarse el partido, y Carlos, que aún estaba subestimando a Marcos, le propuso un trato a Andrés. – Hagamos este juego más interesante y cambiemos la apuesta. Si Marcos nos anota un solo gol, le daremos toda la plata a él, te parece?-
Andrés se sorprendió y le contestó – ¿Quieres decir que el dinero no sea repartido por el equipo ganador sino que se lo demos a Marcos?-. – Exactamente- respondió Carlos – Pero sólo si él nos anota un gol; De lo contrario la apuesta seguirá normal-.
Andrés lo pensó unos segundos y decidió aceptar. Quería darle una lección a Carlos para que aprendiera a no ser tan orgulloso y prepotente.
Se acercó a Marcos y le dijo al oído –Ya oíste, si anotas un gol te llevas 60.000 pesos, así que da tu mejor esfuerzo-.
Marcos no podía creer, habían puesto el peso de la apuesta en sus hombros. Y tenía la total certeza de poder comprarse el balón de sus sueños con tan sólo un gol.
Pero no era fácil, Marcos anotaba muchos goles cuando jugaba con sus amiguitos de la misma edad, pero sería muy diferente tratar de marcar contra chicos mayores que él.
Aún así, reunió todo el valor posible y acercándose a Carlos le dijo – Acepto, los 60.000 por un gol- y extendió la mano para sellar el pacto con el joven.
El desafío continuaba, se reanudaba el juego con Marcos reemplazando a Damián. Andrés deseaba que Marcos ganara la apuesta, así que lo colocó de posición delantero y lo escoltó en las jugadas para ayudarle.
La pelota rodaba por el cemento, los chicos luchaban por el dominio del balón.
Marcos estaba concentrado en su objetivo: debía marcar un gol, tenía que ganarse por merito propio el dinero para comprar su balón, y además debía demostrarle a Carlos que si podía jugar bien, y que no era un chico débil. Con todo esto en su cabeza, Marcos comenzó a exigirse más a si mismo, corría con gran velocidad en busca del balón, y buscaba las mejores jugadas para acercarse a la portería rival.
Pasaban los minutos y todavía era imposible aproximarse. El equipo de Carlos era muy coordinado, habían jugado desde niños siempre juntos y se conocían perfectamente todos los estilos de cada uno, lo que hacía que fueran más organizados en sus jugadas.
- Es imposible- dijo Andrés – llevamos un rato atacando y no hemos podido acercarnos siquiera un poquito-.
Marcos no se desanimó, y le pidió a Andrés que le pasara todos los balones que le llegaran.
Así continuaron, mientras que el equipo de Carlos asediaba sin parar la portería de ellos.
Metían un gol cada cinco minutos. Pero eso no importaba, ya que la apuesta se trataba de que Marcos anotara el gol.
Llegó una oportunidad en la que Andrés le ganó en velocidad a otro jugador y avanzó acercándose a la portería. Marcos lo siguió muy atento, pero le era imposible moverse, pues dos jóvenes lo estaban marcando. Andrés trató de desconcentrarlos haciéndoles creer que él anotaría el gol, y cuando desmarcaron a Marcos aprovechó para hacerle el pase. El balón llegó justo al pecho de Marcos. Lo bajó con gran habilidad y disparó un tiro medianamente fuerte. Iba en dirección a la esquina superior de la portería, el esférico volaba casi suspendido en el aire. Todos contuvieron la respiración….. Taz! El balón golpeó al palo en toda la esquina y salió disparado en otra dirección.
- Carajo!, no puede ser!- dijo suavemente Marcos – Era la oportunidad de gol!-
Carlos se acercó lentamente y mirándolo desde arriba le dijo – Parece que te quedó grande meter un gol…. Alcancé a asustarme, pero no eres lo suficientemente bueno para ganarme. Tuviste un poco de suerte, pero no permitiré que se repita-.
Marcos no podía contener la rabia que le producía Carlos. Pero sin embargo se aguantó y simplemente se devolvió al centro de la cancha respirando lentamente.
Andrés le colocó la mano en el hombro y lo animó –Tranquilo, eso fue apenas una demostración…. Vamos, yo se que puedes anotar ese gol-.
Marcos dejó ver una sonrisa y le pidió a su equipo que lo apoyara.
En ese momento todos se pusieron de acuerdo para ayudar a Marcos. Detrás de él venía su equipo, y de nuevo la esperanza iluminaba su rostro.
Siguió el partido, ahora Marcos estaba más decidido que nunca a marcar el gol de la victoria. La dinámica del grupo había cambiado, los pases comenzaron a ser más exactos, y la organización mejoró considerablemente. Todos querían que Marcos ganara la apuesta.
Llegó otra gran oportunidad, Andrés controlaba el balón. – Corre Marcos!, avanza hacia la portería!- le gritó.
Marcos metió el pique más veloz que había efectuado en su vida, sobrepasó tres defensas y se disponía a recibir el balón cuando de pronto, Carlos se lanzó en barredora hacia él. Perdió el equilibrio y se cayó. Había cometido falta. Andrés se enfureció y lo enfrentó.
–Porqué lo tumbaste?!, deja de montársela!- Carlos no dijo nada y simplemente se burló de Marcos.
- Bien, esta es mi última oportunidad- pensó Marcos. Llamó a Andrés y le pidió que cobrara la falta después de haberle susurrado al oído una estrategia. Andrés asintió con la cabeza y se paró al frente del balón.
Marcos retrocedió hasta el lado opuesto de la cancha, y se quedó parado al lado de su portería. Nadie podía entender porqué se había alejado del área de cobro. Carlos estaba extrañado y se limitó a decir –Talvez ya se rindió y entendió que no puede vencerme-.
Estaba todo listo para cobrar la falta, Andrés, Marcos, y Sergio (otro jugador del equipo) se miraron de reojo, cómo si confirmaran una especie de jugada preparada en trío.
Andrés tomó impulso…. Se acercó al balón, y disparó.
El equipo de Carlos de sorprendió al ver que el balón no iba en dirección a la portería, sino que había hecho un pase a Sergio, al lado de él.
De inmediato, Sergio efectuó un solo toque hacia atrás mandando la pelota en dirección a Marcos, que ya venía corriendo desde atrás.
El equipo contrario ya se había desorganizado por la jugada estratégica, Carlos comprendió que se trataba de algo planeado y gritó – Cuidado!, es una trampa!, Detengan a Marcos!-
Sin embargo, Marcos estaba decidido a traspasar la barrera rival.
Recibió el balón y con gran habilidad lo condujo por toda la cancha de frente hacia la portería rival. Los demás niños trataban de quitárselo, pero siempre los burlaba con una gambeta o un regate. Carlos no lo podía creer, el pequeño niño estaba sacándose a todo su equipo.
Marcos se encontró frente a frente con la portería, se detuvo y respiró hondamente.
Elevó su pié para disparar el balón lo más fuerte que pudiera., mientras que rápidamente pensó en su mente – Dios, tu no sólo me dejaste jugar este partido sino que me diste también el talento del fútbol. Así que este gol es tuyo….-
Y su pié tocó el balón como si hubiera descargado toda su energía en él. Y sobrevoló en línea recta por todo el área.
- No puede ser!, va a anotar!- gritó Carlos –Julio!, detenlo!!!-.
El arquero se esforzó en tirarse a atrapar el balón, pero era imposible… se dirigía directamente a la esquina.
Andrés miró atentamente y exclamó –Entra!-. Marcos no quitaba la mirada del balón…
Un fuerte sonido producido por el golpe del balón en la reja anunciaba el final de la apuesta.
MARCOS HABIA ANOTADO SU GOL.
Todo el equipo de Andrés saltó de alegría festejando el triunfo, y se lanzaron sobre Marcos a abrazarlo, quien estaba arrodillado en el piso dándose la bendición.
- Gracias Dios mío….- Dijo suavemente, y se puso de pié para celebrar su gol.
Carlos todavía no despertaba de aquel sueño, aún no podía creer que Marcos ganara la apuesta. En ese momento comprendió que había sido muy obstinado, y se llenó de humildad para acercase a Marcos y felicitarlo.
- No creí que fueras capaz de vencerme…. Te subestimé, al parecer no eres tan débil como creía. Has ganado- y extendió la mano a Marcos.
El pequeño no era rencoroso, y apretó la mano de Marcos diciéndole – Tal vez el próximo partido lo podemos jugar juntos en el mismo equipo- y sonrió.
Andrés se acercó con un sobre donde estaban los sesenta mil pesos; y se los entregó.
Era imposible no sentirse dichoso al tener en sus manos el dinero que tanto había deseado para comprar su balón.
La sonrisa que expresó Marcos en ese momento fue la más dulce que un niño pudo dar.
Su sueño se había hecho realidad, Sólo dos cuadras lo separaban de su hermoso balón plateado. Y mientras caminaba al centro comercial miraba al cielo y decía – Me diste un gran regalo, por eso te prometo que de ahora en adelante jugaré todos mis partidos en tu nombre. Tu y yo somos un equipo invencible


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