jueves

Con la pelota en la cabeza versión 1 "UN POBRE DELFÍN FUERA DEL AGUA"

La Cumbia no era alegre. En la cancha parecía un santo haciendo milagros, pero fuera de ella era torpe y esto hacía que todos se burlaran de él. Era como un delfín fuera del agua. Uno de esos narradores que ponen apodos, maravillado por sus gambetas, lo apodó un día "La Cumbia Sarmiento". Toda una promesa. Yo no pasé de las Inferiores porque, aunque me apasiona el fútbol, sabía que nunca sería una estrella, un jugador como llegó a serlo él, así que me dediqué a mis estudios y, a los catorce años, dejé a un lado el sueño de ser futbolista. Ahora estudio medicina y... tal vez... algún día... vuelva a las canchas. Nos conocimos en las Inferiores y nos hicimos amigos. Es curioso cómo dos personas tan distintas pueden llegar a la amistad. Después de los entrenamientos íbamos a mi casa a comer. Veíamos televisión, le mostraba el álbum familiar, salíamos al parque... pero, cosa rara, nunca hablaba, quiero decir, siempre decía sí, no, o la palabra que viniera al caso, pero nunca hablaba. Estaba siempre mirando su sueño. ¿Vio alguna vez la película "Azul profundo"? ¿No? Bueno, no importa. Trata de alguien que siempre está mirando su sueño y anda por el mundo como un sonámbulo.
La Cumbia no era alegre. Un día me dijo que yo era rico, tú eres rico, dijo. No soy rico, mis viejos trabajan, le respondí. Cuando fui a su casa en la Comuna Trece entendí por qué pensaba que yo era rico. Vivía en un morro, en un rancho, un salón que era pieza, sala, cocina. Su mamá trabajaba en una casa y del padre no se sabía nada. Pero todo estaba limpio, en orden. Los fines de semana la mamá se ganaba unos pesos haciendo rellena, así que ese sábado, cuando fui a su casa, comimos rellena con arepa y aguapanela. Usted pregunta que si éramos amigos. ¿Ve esa camiseta, y esa, y esa? Fueron las camisetas que lució cuando jugó en Chile, en Argentina y en México. Siempre llamaba desde donde estuviera. Como le dije, el hombre hablaba poco, así que cuando llamaba era yo quien hablaba, preguntándole sobre la ciudad donde vivía, sobre sus compañeros de equipo. Su libro sobre sueños truncados va a ser un libro muy grueso, pues en este país muchos sueños se han truncado, los han truncado. Cuando me retiré de las Inferiores seguimos viéndonos como si nada, venía a mi casa y comíamos, yo procuraba que siempre le sirvieran bastante porque La Cumbia, aunque no hablaba, comía por cinco. Se veía que a veces se le embolataba la comida. Doña Sulma ganaba poco dinero y, además, debía ayudar a una hija, mayor que La Cumbia, que vivía con un vago del barrio y tenía dos hijos. Por la época en que me retiré de las Inferiores todavía se llamaba Joaquín. Como le dije, fuera de la cancha era torpe, un pobre delfín lejos del agua, las peladas, por ejemplo, lo asustaban, se le trababa la lengua, le sudaban las manos. Y vea lo que son las cosas, detrás de esta tragedia hay una pelada, una porrista, la vi un par de veces y era bastante guapa. Pero ya no era Joaquín, era La Cumbia, las oportunidades, los sueños casi cumplidos, y usted sabe que donde hay éxito hay mujeres. El mismo año en que entró al fútbol profesional entré yo a la universidad. Hizo su debut en un partido importante, Nacional-Júnior, todo un clásico. Y se lució. Recuerdo que el primer tiempo terminó 1- 0 a favor del Júnior. El Atanasio estaba hasta el tope y había muchas caras largas. Alguien, uno de esos hinchas furibundos que llenan los estadios dijo que con esa gonorrea de técnico no teníamos esperanza, que sólo a un malparido como ese se le ocurría hacer esos cambios, que quién diablos era ese volante, que como se le ocurría... Ahí estaba, todavía se llamaba Joaquín, Joaquín Sarmiento. Pero diez minutos después, cuando el partido se volvió una fiesta, sólo se hablaba de La Cumbia, La Cumbia Sarmiento. Esos narradores expertos en poner motes, a veces aciertan. El hincha furibundo estaba feliz, pero no parecía avergonzado por lo que había dicho. Creo que la tragedia de La Cumbia empezó ese día. Cuando vivimos en un mundo donde la gente ofende sin darse cuenta, entonces todos estamos perdidos, y usted sabe que en este país eso ha tomado ventaja. 2 - 1 fue el resultado a favor del Nacional, dos goles en los que La Cumbia fue el actor principal. Fue un encuentro épico. Como en los cantos de La Iliada los jugadores parecían tocados por el dios, así, de entre la masa de cuerpos que se esquivan surge un guerrero desconocido, un número 10, un hijo de Telamón, o un Teucro, o alguien con el hacha de Heracles que desorganiza las filas enemigas. Pero dejando a un lado la épica, cada vez que en la escena nacional aparece un Lucho Herrera, o un Antonio Cervantes, o una María Isabel Urrutia, veo a un pueblo despreciado, maltratado, y a uno de sus hijos reclamando sus derechos, arrebatándolos. Entonces se me eriza la piel y no puedo contener el llanto, y pienso que este país no se merece nada. La Cumbia jugaba así porque vivía en un ranchito, porque su mamá era sirvienta en una casa y se ganaba unos pesos los fines de semana haciendo rellena, porque creía que yo era rico. Esa noche, en el noticiero de los once, vi los retazos del partido en cámara lenta. Recuerdo que mi viejo, que no es aficionado al fútbol ni a ningún deporte, me miró con los ojos abrillantados por las lágrimas, ese muchacho es un berraco, dijo. Mi viejo, que más de una vez se metió la mano al bolsillo y me dio plata para que la compartiera con La Cumbia, porque conocía de su pobreza, fue una vez al Atanasio para verlo jugar. En la entrevista que le hicieron los periodistas, parecía asustado. Dijo sí, no, sí, no, y dijo también "todos mis goles se los dedico a mi mamá", eso dijo. Desde ese día empezó a llamarse La Cumbia, y vinieron los contratos y la fama. ¿Qué si éramos amigos, me pregunta usted? Cuando le daban vacaciones nos veíamos casi todos los días, además, resultamos siendo vecinos, sí, vecinos, como a ocho cuadras de aquí compró una casa, bonita, sabe usted, y grande, la casa de doña Sulma. En una de las salidas que hicimos conocí a la porrista, una muchacha de esas que todos los hombres miran en la calle, algo grilla, según los rumores. Antes había sido novia del Mugre, un jugador turbio que estuvo un tiempo en las Inferiores del Medellín, bastante indisciplinado y pendenciero. Fue él quien pagó para que mataran a La Cumbia. Lo último que supe fue que la porrista volvió con su Mugre y que lo visita en Bellavista. Pero en el entierro parecía Andrómaca llorando la muerte de Héctor. Y, sabe usted, era sincera.

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