jueves

Con la pelota en la cabeza versión 1 "EL PEZ QUE YA NO FUMA"


En 1993, yo era para casi todos en el barrio, el mejor jugador de fútbol en mi categoría. David, mi hermano mayor, era sin embargo, uno de los pocos que me consideraba “un tiro al aire”.  Pero sus comentarios, contrario a lo que podría pensarse, no me fastidiaban. Incluso, oírle calificarme de “muy che” o “pechofrío” era algo que yo celebraba, pues siempre he pensado que los grandes jugadores  son aquellos que convencen a sus compañeros de que tienen que batallar para ellos.  No podría decir cuándo pasó, pero de pronto, aquel espontáneo  debate se había extendido a otras cuántas familias; y al parecer,  sólo quedaba el torneo decembrino, el de “cuatro-esquinas”, para definir cuál “gallada” era mejor: la de mi hermano, la de los “treinta añeros” de la cuadra, que con su célebre equipo, “El pez que fuma”, había acumulado tres títulos en el duro torneo del Cementerio,  o la del “Kinder Verde”, como nos había bautizado don Salvador, una antigüedad del barrio, hincha furibundo del Nacional de Zubeldía,  que casi un año después,  por unas monedas,  era todavía capaz de narrarle a su botella de alcohol, los avatares de nuestra más inmerecida derrota, la de la navidad pasada, en la que perdimos la final con el  “Boca”  de Altavista, cuando ninguno de nosotros había  celebrado aún los 18 años.


Mi hermano no pisaba una cancha desde hacía varios meses. En cambio, mis amigos y yo, no salíamos de “la playita” como todo el mundo llamaba la del barrio por ser de arenilla.  Dos, y a veces tres noches entre semana, y todos los domingos, en la mañana, disputábamos  arduos partidos, que siempre tenían entre sus participantes a varios  de los “peces”, aunque la verdad, más concentrados en  citar a punta de marihuana, el resto del nombre de su amado equipo, que en jugar. Antes del partido, “zotas”, por ejemplo,  dedicaba unos quince minutos de malabares a una especie de hinchada imaginaria mientras aspiraba su “bareto”. Después de hacer la treinta y una con los pies, los hombros  y la cabeza, se aplaudía a sí mismo, levantaba  las manos para saludar en todas las direcciones e iniciaba otra pirueta más complicada. Pero cuando los equipos ya estaban armados, uno de nosotros le cortaba el show; y él, muy pacífico, entre risas, se acomodaba junto a los suyos, que casi siempre eran “tiburón”, célebre por autonombrarse cazatalentos del Independiente Medellín, y “terre”, el reconocido “pez ataja-penales”, que con el tiempo se había declarado nuestro técnico, y por ello casi nunca faltaba a los partidos, aunque sólo acatábamos sus indicaciones cuando hacía las veces de  árbitro, pues era el único que tomaba en serio el final de las jugadas dudosas.

Al comienzo, “terre” intentó frenar los partidos para que analizáramos tal o cual movimiento colectivo, pero bastó un comentario público de su hermano “danielito”, nuestro “hombre gol”, para que nunca más abandonara la banda. “… dejame jugar tranquilo, que vos te andás robando la colección de billetes viejos del papito, y te voy raniar”. Se la soltó enfurecido, una  noche en la que éste lo cuestionaba sin descanso por no ser capaz de bloquear la salida del equipo contrario.  Desde entonces “terre” quedó sometido a recorrer la cancha pegado a la malla mientras manoteaba y fumaba o gritaba. Más que el técnico, parecía un hincha desesperado que hubiera saltado desde la tribuna. Ese era sin duda el mayor problema de “El pez que fuma”. Muchos de sus jugadores cargaban con la imagen incomprensible para sus familias de ser unos jóvenes clase media, con todo lo necesario en sus casas, que nunca abandonaron el traje de “pillos chichipatos” que decidieron ponerse en  la adolescencia, pues desde entonces, vivían de robar bicicletas a los niños y “gibariar” por lo bajo. Los del  “Kinder Verde” habíamos crecido en cambio, a la sazón de una especie de silogismo en contra de ellos  “ … Robar baratijas es robarse a uno mismo.  Si a uno le tiemblan para robar en grande, no sirve pa’ ladrón”. De tanto oírles a los adultos del barrio, y más aún, a nuestros padres,  las más variadas versiones de semejante  análisis, que muchas veces se convirtieron en dolorosas peleas con sus hijos “peces”, nuestros hermanos, fue tal vez  que mi generación se dedicó a triplicar silenciosamente el promedio habitual de universitarios en el barrio.  Muy “disciplinaditos” ingresamos a estudiar, aunque claro, no faltó quien interpretara con el paso de los años, y un título de profesional en la mano, aquel reto propuesto tanto tiempo atrás,  el de probar qué tal salía ser un “ladrón en grande”

Por aquellos días, mi hermano David, se había obstinado en enrostrarles a los amigos su nuevo ataque de superación.  Para ellos, ya no era “la nave”, un remoquete que había conseguido por su impresionante despliegue físico.  Y aunque muchas veces debíamos suspender los partidos ante sus apariciones, estas sólo se debían a que llevaba de vuelta a la casa, a su novia Sandra, que siempre iba hablándole de sus lecturas de estudiante de trabajo social, pues las suyas, de aspirante a mecánico automotriz sólo resultaban de interés para mi padre, que desde que yo había nacido, amenazaba cambiar el motor de su viejo camión por uno diesel.  “zotas”, su “parcero” de infancia, se había ingeniado una divertida fórmula para que todos sus amigos, incluyendo mis compañeros de equipo, pudiéramos reprocharle juntos, a David,  semejante indiferencia.  Una vez  los novios pisaban la cancha, el paso obligado entre las dos partes del barrio, él les soltaba una versión libre de la canción más popular de Paloma San Basilio: “¿Por qué nos abandonaste?” Y claro, todos lo seguíamos. “no sé, por qué. Si siempre fuiste nuestro…” a lo que mi hermano siempre respondía con alguna seña obscena, que por supuesto,  era sucedida por un manotazo de Sandra; y claro,  brotaban nuevas risas.

Pero sería el 2 de noviembre, un martes,  cuando todo avisaba que las cosas regresaban  a su lugar. Lo recuerdo con tal exactitud porque a eso de las siete de la mañana, mi madre entró a nuestro cuarto para invitarme a la iglesia. Y aunque yo estaba dormido, y David se estaba vistiendo, fue a mí sólo, a quien  reclamó por no acompañarla en su visita a la tumba del abuelo Isaías, pues era el día de los difuntos. Yo le repliqué que tenía clase en la Universidad, y que en cambio David se iba en sudadera para quien sabe dónde.  -“tenemos una cita”- alegó él. Oírle incluir a su novia de aquella tácita manera, y tan temprano, me pareció la más impertinente aparición del amor, la mejor excusa para cobijarme otra vez.  Pero en seguida, irrumpió el sonido  más apropiado para anunciar la derrota de mi madre; y claro,  también el más  surrealista  para aquel escenario a esa hora:  “terre”, con un silbato en la boca, comandaba a sus amigos que desde la cera le devolvían a mi hermano su popular apodo.  En medio de una tímida lluvia, “zotas”, “silvín”, “tibu”, “tesoro”, “caricatura”, Gildardo,  y “zapuca”, anunciaban que todo empezaba esa mañana. “Vamos a jugar juntos otra vez, nos vamos a inscribir en el torneo de cuatro esquinas” me dijo David, mientras les anunciaba desde la ventana que ya salía, a la par que mi madre exclamaba al aire su pesar por nuestra lejanía de las manos de su dios.

Como todo un periodista, al fin y al cabo estudiaba para eso, aderecé mi versión de los hechos con algunos titulares que alertaran a todos mis amigos.  Nada más parecido a un discurso de autoayuda que las proyecciones de un aspirante a comentarista deportivo: “… tienen mucha presión, se van a poner muy ansiosos porque están peleando contra ellos mismos. Nosotros simplemente tenemos que hacer lo nuestro, jugar”, y luego “juanquita”, siempre amante de los números, me ayudó: “este mes, hemos jugado juntos más de veinte horas.  Sin querer, llevamos más de trescientas de entreno este año, y todas de fútbol. Ellos apenas buscan agarrar estado físico, van a llegar molidos”.    

Desde aquel día, ya ninguno de “los peces” se apareció más  por la cancha. Mauricio, el hermano de Gildardo, supo que todas las noches se quedaban pateando de lejos,   en la cancha de la unidad deportiva, después de subir y bajar del Cerro Nutibara.  El torneo empezó la última semana de noviembre, y en la tienda,  sólo se hablaba del regreso de “El pez que fuma”. Nadie parecía tomarnos en cuenta a pesar de que éramos los  subcampeones.  Por eso, el viejo Salvador se convirtió en nuestra mejor estrategia publicitaria.  Cada que alguno de nosotros lo veía, le untaba la mano para que se descosiera relatando la injusta final del año anterior. Además de los dos equipos del barrio, se inscribieron otros diez, casi todos, clientes viejos del gran casino en que se convertía “cuatro
esquinas” todos los diciembres. “Juventus”, “La Fania”, “Candela  y sus tesos”, “La toco y me voy”, “Bayer de Aburrá”, “Buenas peras”, “Tapita” “Falopio Fútbol Club”, “Boca Juniors”, que este año aparecía muy diezmado, pues “su columna vertebral”, los tres hermanos Chalá, le habían apostado todo a su sangre, y junto a sus primos habían fundado el “Bemba Juniors”, un equipo de negros, que en la primera ronda fue la sensación.

Nuestra única novedad, era el uniforme, que de las rayas verticales había pasado a tener unas más anchas y acostadas.  La hermana  de Diego, nuestro arquero, nos convenció con sus argumentos de modista con ínfulas de diseñadora, de que así nos veríamos más corpulentos. La gente, sin embargo, declaraba en las esquinas  que el uniforme negro de “los peces” era el más imponente, y más todavía si estaban juntos otra vez, no pasaba desde hacía dos años, los reflejos de “terre”,  la velocidad de “zotas”, los amagues de “zapuca”, y el coraje de mi hermano. Pero para nosotros era de celebrar que a pesar de los resultados, aún no apareciera la precisión de su juego como equipo.  Yo incluso, me llenaba la boca diciendo con falsa discreción que ese  nuevo motor de “la nave”, mi hermano,  era “un tiro al aire”. Tanto ellos como nosotros superamos la primera ronda sin grandes apuros.

El primer partido a “muerte súbita” lo jugaron “El pez que fuma” y los de “Bemba”. Y aunque al comienzo todo pintaba muy apretado, dos “borbollones” que  “zotas” aclaró a puro oportunismo, decidieron el encuentro.  Al terminar el partido, “tiburón” nos dijo: “ahí les sacamos facilito a varios de los troncos que los cascaron el año pasado”.  La gente del barrio estaba contenta con su equipo, sobre todo los de la tienda, que eran fanáticos de “los peces”. Después de sus victorias, la pólvora sonaba cada vez más tiempo, y era muy común ver a alguien abrazándolos  u oír sus apodos en cualquier conversación.  Nuestros nombres eran sin duda, menos recordables.  La hinchada nuestra, además, era de la que suele denominarse “en formación”, pues la encabezaba el ruidoso grupo de los acólitos y acababa en nuestras inexpresivas amigas, que sólo nos saludaban antes de los partidos, mientras nos uniformábamos en la casa de Oscar.

La ronda siguiente, el primer día de la novena de aguinaldos, “La toco y me voy” pudo por fin, después de varios  años, rendirle, tristemente a través de nosotros,  tributo a la filosofía de juego que escondía su nombre.  Con un fútbol sobrio nos derrotó dos goles a cero. A pesar de todos nuestros intentos, y de tener a la gente, como nunca antes había pasado, con nosotros, pues ya se empezaba a hablar de una final contra “los peces”, no pudimos verle la cara al triunfo. Nada funcionó, ni intentar los disparos de lejos, ni las paredes certeras para romper la defensa, ni la apertura de la cancha, ni mucho menos, mis jugadas individuales.  La metafísica del fútbol tampoco estuvo de nuestro lado esa noche, pues varias veces la ley de los dos cabezazos seguidos en el área, se hizo añicos; nuestros rivales, de piernas blancas, corrían más que nosotros; “de los equipos con un hombre menos, cuídame Señor”, tampoco era la frase que nos sentaba, extrañábamos a Gustavo, que se había hecho expulsar tontamente; y claro, nunca pudimos ni siquiera recortar ese dos a cero, que según las teorías ramplonas  de los grandes medios, es el más engañoso de todos los marcadores.  Tal vez la única sentencia que encajaba fue aquella que luego, don Salvador, tan amante del difunto Zubeldía, nos lanzó como si la empleara para publicitar su marca favorita de alcohol. Mientras bebía nos dijo: “los “niños” no ganan torneos, sólo partidos”.

De ahí en adelante, todo se redujo para nosotros a esperar que “los peces” cayeran.  Quedar campeones era la única opción que tenían para superarnos, pensábamos. No obstante, la imagen de “zotas” corriendo para besar, después de cada gol, al premio mayor del torneo, un marrano que los organizadores amarraban  junto al tiro de esquina, se hacía cada vez más popular. Y para remate todas las noches, yo debía oír desde mi cama, la descripción de la escena unas tres o cuatro veces más. Siempre era lo mismo, un enojado David, llamaba “perra” a la bocina del teléfono, pues por aquellos días Sandra siempre le
colgaba de manera abrupta. Pero en seguida, sólo unos minutos después, se reía como si nada,  mientras conversaba con sus amigos. El orden de las llamadas siempre era  igual: primero a  “terre”, luego a “zapuca” y por último a “zotas”, el goleador. Hablaban de un gol y de todos los goles; del partido y de los otros partidos;  del equipo y de todos los equipos. Y cuando terminaba con todos, me decía, “… no hay que perderlos de vista, hay que vigilar que sí estén en la camita”.

Como en cualquier torneo de respeto, también en “cuatro esquinas” la final esperada se jugó cuando el campeonato sólo iba en  la ronda semifinal. El rival de “los peces” era esta vez, el “boca” de Altavista.  Nuestra victoria simbólica sería verlos derrotados por el mismo equipo que nos había vencido el diciembre pasado, era lo que nos decíamos. Cuando iban diez minutos del segundo tiempo, el 10 de “boca”,  “tungo”, nos dio gusto. Marcó un espectacular gol olímpico que mucha gente de la tribuna aplaudió. Nuestro “tavo” la emprendió inmediatamente contra el arquero  de “los peces”: “ay terre, pasaste a la historia”.  “Danielito”, el hermano de “terre”, no pudo ocultar el enojo, y por fortuna se fue, pues  “Juanquita”, siempre amante de las estadísticas, agregó muy pausadamente: “eso es de ahí, en cualquier gol olímpico, el ochenta por ciento es culpa del arquero”.  A partir de ese instante, el partido se volvió enredado. Todos elogiaban a mi hermano que no dejaba de correr; pero a medida que el juego avanzaba, yo  no lograba hacer otra cosa que esperar en silencio su mejor disparo de larga distancia.  Todo había cambiado de repente. La ansiedad me invadía, y no aguanté más. Me paré y les dije a mis amigos que iba por unas cervezas.

La desesperación me había llevado a imaginar el estallido que produciría el gol del empate en la barra y luego en el orinal de la cantina de arriba, lo que menos importaba era el lugar donde me pescara. Mientras orinaba imaginé el ruido de los voladores y los abrazos de la gente.  Pero de pronto, Mauricio, el hermano de Gildardo, llegó gritando: “jota, guevón, “la nave” se desplomó”.  Unos minutos después yo estaba en el centro de salud, aguardando a mi madre y rezando para que este fuera el más “pre” de los preinfartos.  Según me contó “danielito”, después de que se llevaron  a mi hermano en el carro de don Pablo, el árbitro y los organizadores les preguntaron a todos “los peces” si iban a jugar los trece minutos que restaban. Después de un rato, ellos dijeron que sí, pero al reanudarse el encuentro, otra vez “tungo”, desde lejos,  sorprendió a “terre”, quien inmediatamente se quitó los guantes, como anuncio de su retiro. “zotas” entonces, como si se tratara del inicio de uno de nuestros partidos amistosos de antes del campeonato,  levantó las manos y comenzó a aplaudir y a saludar en todas las direcciones. La hinchada, esta vez más real y fiel que nunca, le respondió también aplaudiendo desde la tribuna.

Por fortuna, el médico nos dijo que la cosa no era nada grave, que nada había tenido que ver con el corazón, que todo había pasado porque David no había comido antes del partido y la  marca familiar, la hipoglisemia, lo había tumbado, que no tenía una sola caloría de respaldo. Pero mientras estuve ahí afuera, rodeado ya de algunos de la cuadra, esperando a mi hermano David, “esa  nave” que sólo lograba volar con sus amigos,  comprendí lo mucho que representaba “El pez que fuma”  para el barrio.  A todos allí, siempre les había complacido  estar  pendientes de sus “locuras”, de ellos. Durante más de diez años sus vidas les habían permitido tal cosa.  De alguna manera, nosotros y los demás,  simplemente éramos los vecinos del lugar.  Ellos, en cambio, habían traspasado tal condición,  se habían hecho los “verdaderos hijos del barrio”, sus personajes públicos.

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